Oscar era algo desagradable, en verdad. De esos que dan un poco de asco, físicamente, al menos. Estaba siempre cubierto por una fina capa de transpiración y tenía restos de tabaco para masticar entre los dientes. Era difícil sobrepasar la poco plácida imagen de vagabundo, pero una vez que lo hacías, el tipo era particularmente simpático. Tenía una retorcida obsesión con Rimbaud y Verlaine que lo había conducido a delirios de ser algo así como el poeta maldito perdido. Nadie sabe cómo llegó a la ciudad ni mucho menos a trabajar en el puerto. Bueno, tal vez no a trabajar, sí a merodear y a manejar de vez en cuando la lancha para cruzar a la isla. Por este mismo puesto es que lo conocí. Resulta que uno de los cementerios más grandes y bellos se encontraba en esta serena isla, y allí mi abuela. Fue en el primer aniversario de su muerte, en mayo, cuando conocí a Oscar.
Mi madre estuvo años para superar esta pérdida, así que durante los primeros aniversarios yo fui la única en ir a dejar flores, aunque no a llorar, extrañamente. Llegué al puerto en busca de algún transporte hacia la lejana pero no tanto tumba y ahí me esperaba Oscar. No me conocía, pero sí me estaba esperando, eso seguro. Con temor, le pregunté si él era el encargado de los botes hacia el cementerio y asintió levantando las cejas. Yo temblaba, no tanto por este nuevo encuentro sino por aquel que tendría del otro lado del río. Parece que él lo notó, y me dijo: - Sos tan joven, la muerte para vos es sólo un rumor.- Tal vez sí, era eso, algo demasiado de abuelas y abuelos, un problema de los grandes. Dejando de temblar y dudar, empezamos el viaje de media hora hasta la isla. Después de minutos de silencio, Oscar comenzó a hablar. Del otoño, principalmente. Comentó que uno de sus poemas favoritos de Verlaine se llamaba "Canción de Otoño", y que sus versos favoritos eran:
Tembloroso recuerdo
esta huida del tiempo
que se fue.
Evocando el pasado
y los días lejanos
lloraré.
Le obsesionaba bastante todo el tema de la memoria. Me dijo que ésta era la literatura propia de cada hombre (frase que luego me enteraría que era de Huxley) y que le fascinaba cómo la mente podía limar las asperezas de los días y de esa manera crear momentos perfectos, casi de éxtasis de felicidad. Afirmaba que tanto el hombre se preocupaba en trascender que no comprendía que tal trascendencia está en lo que naturalmente deja atrás, no en lo que planeaba hacer con aires de gloria y fama.
Me esperó en la orilla junto al bote mientras yo me adentré en la isla, en el cementerio, en las tumbas. Dejé las horribles flores (qué flor puede ser linda cuando pretende celebrar la partida de alguien) sobre el nombre de mi abuela y, como dije antes, no lloré. Miré alrededor, observé la monótona y grisácea imagen de las tumbas alineadas y me fui. La muerte cansa.
En el viaje de vuelta no hablé mucho. Oscar me dio un breve y escaso comentario sobre "Las Flores del Mal" de Baudelaire haciendo continuo énfasis en el verso "He alcanzado el otoño total del pensamiento" del poema "El Enemigo". Basta de otoño, de abuela muerta, de poetas franceses, de recuerdos y de olvidos, pensé. No hay nada por hacer. Pero camino a casa, casi sin pensarlo, entré a una librería y me compré éste último libro. Lo leí esa misma noche y no entendí varios de los poemas, lo admito, aunque sí logré comprender mucho de lo que Oscar me había dicho esa tarde.
Regresé al puerto dos días después. Voy a ser insensible aquí, porque lo confieso: visité la tumba de mi abuela día por medio motivada por el viaje de ida y vuelta con Oscar. No sé si le tenía cariño, pero que no me aburría como el resto de las personas, eso seguro. Con todos estos encuentros, analizamos ingenuamente el libro de Baudelaire casi completo y memoricé varios poemas. Había encontrado la felicidad en la muerte, ¿cuántos pueden decir eso? No le temía, no me preocupaba, tal vez por tanto flirtear con ella durante estos cruces en bote. La veía como algo que nos convierte en la bella imagen de lo que no fuimos por poco; por poco siendo aquellas asperezas de las que me había hablado Oscar, eliminadas por el tiempo y la mente.
Viajamos a Uruguay por vacaciones de invierno y tras mi retorno, no lo vi más.
Me enteré de su muerte en octubre, y que su tumba se encontraba en el cementerio de la isla a sólo unas pocas de la de mi abuela. Allí me dirigí, viajando en un frío y poco poético bote conducido por un aburrido extraño más, para buscar con desesperación y tristeza dónde se encontraba Oscar. Siguiendo las pocas instrucciones dadas, di con la tumba. Sentí que se me drenó la sangre y me vino a la mente la imagen de un encantador Oscar cuando leí el epitafio: "Aquí yace un recuerdo".

2 comentarios:
ah pero julita que bueno!!!
adiooou
me encantó
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