domingo 28 de septiembre de 2008

Cabo suelto

Ayer esperando el colectivo de vuelta a casa me encontré con el papá de Silvina Ferreira. Les cuento, Silvina fue conmigo a la escuela desde jardín, y durante primer y segundo grado fuimos muy amigas. Bah, lo más amigas que se puede ser a los seis años, cuando no es necesario compartir mucho ni tener tanto en común. Nadie tiene gustos, opiniones a los seis años; sabor de helado favorito, a lo sumo. Sos amiga a la segunda vez que te ves. Dale, compartí el banco y un alfajor en este recreo conmigo, y listo, amigas por siempre.
La cosa es que nos peleamos en segundo grado cuando decidí hacer un trabajo de Ciencias Naturales con otra compañera. La había perdido de vista durante las primeras dos horas de la mañana, pero cuando salí al patio me la encontré llorando sentada en el cantero. Estaba roja, y tenía las pestañas completamente mojadas, por lo que se le unían y se le formaban como sólo cinco o seis pestañas enormes, a lo Naranja Mecánica. "¿No soy más tu mejor amiga?", me preguntaba una y otra vez, batiéndome esas pestañotas en la cara. Le dije que me parecía normal el juntarse con otras personas (era víctima de una relación posesiva ya a los seis años, ay de mí). Incluso le dije, para que se calmara un poco por dios, que cuando fuésemos grandes nos íbamos a ir a vivir juntas, con todo eso que creés tan extraordinario cuando sos chica y cuando crecés te das cuenta de que no, que el glamour nunca llega.
En los próximos dos o tres meses hasta las vacaciones de verano, todo siguió normal, o al menos eso creía yo. Pero llegó diciembre y el último día de clases, la saludé normalmente y por las próximas semanas no la vi. Ni la llamé. No tenía ganas, creo. Pero mi mamá se dio cuenta y me dijo, che, por qué no la llamás a la pobre Silvi.
Llamé a su casa el quinto sábado de vacaciones. Me atendió su papá. Me dijo que Silvina no estaba en casa, que se había ido a un pueblo a varias horas de Rosario a visitar a su abuela, y que no sabía cuándo volvía. Mentira, seguro que sabía. Qué clase de padre era si no. Pero bueno, no me hice esos planteos, digalé que me llame cuando vuelva entonces y chau. Pero fue él quien me llamó dos semanas después, para decirme que Silvina no iba a volver, que se iba a quedar viviendo en este pueblucho porque no le gustaba nuestra escuela y ya se había hecho nuevos amigos allá.
Me quedé muda. Le dije, ehm, gracias por avisarme, y colgué.
La muy hija de puta me había abandonado. Después de que yo le había prometido una amistad de por vida, un vivir juntas, sé madrina de mis hijos, toda esa pavada infantil que a uno le da penosa esperanza. Insulté a más no poder a Silvina y a su abuela, a todos sus nuevos amigos y los profesores que tendría en su nueva escuela.
Cuando me crucé a su papá ayer en la parada, lo saludé casi con alegría. “Cómo andás, querida, qué grande estás, ¿qué andás estudiando? ¿Bellas Artes? Sí, siempre fuiste artística”. La cháchara de siempre. Pero bueno, junté coraje y le pregunté: “¿Y Silvina? ¿Cómo anda?”
Y entonces me contó. Del primer novio, del segundo, del estudio, de sus amigas, de la vuelta del primer novio. Es feliz.
“¿Por qué no la llamaste al principio de ese verano?”, me preguntó. Le expliqué el desinterés infantil, lo cabeza dura que era. Me contó que Silvina pasó esas semanas en su casa sola. Fue ahí cuando decidió irse de esta ciudad, al pueblucho, a los amigos, a los novios. De seguro me recuerda como la pelotuda que la condenó a semanas de vacaciones de abandono y llanto. Llegó mi colectivo. Chau chau, qué bueno verlo señor, y me fui.
Llegué a casa. Busqué la guía. F, F, Ferrari, Ferreira. Silvina. Pueblo, María Juana. La llamé. Quince años después la llamaba para pedirle disculpas por no haberlo hecho ese verano. Después de intentar explicarme lo sorprendida que estaba por recibir mi llamado, algo tan impensado, me dijo:
- ¿Che, no querés que nos veamos, para recordar viejos tiempos?
- Eh, te digo la verdad, no, no me interesa una reconexión, mucho menos una amistad.
- ... ¿y para qué me llamás entonces?
- Sólo para sacarme esto de encima.
Colgué el teléfono.
Otra vez abandonaba a Silvina con sus pestañas mojadas en el cantero. Son este tipo de olvido y desinterés tan comunes en mí que me causan un terror indescriptible. Uno no puede andar por la vida prometiendo esas cosas. Así se arruinan veranos.

martes 23 de septiembre de 2008

Los vagones

A Marcos, que ojalá también lo encuentre.
- Vos me estás escondiendo algo.
A kilómetros de casa, en las afueras del pueblo, me miró con tal cara de idiota que era para pegarle. Como diciendo "¿Yo? ¿El del problema acá soy yo?".
- Inventos tuyos, Marianela. Siempre montando teatro donde no hay escenario.
- Si así lo pensás.- me levanté y sacudí el polvo de las piernas. - Vamos.- le obligué.
Volvimos, uno caminando a cada lado de la vía.
Creo que así estuvimos siempre. Yendo en el mismo sentido, paralelos y al mismo ritmo, pero nunca del mismo lado, lo suficientemente cerca, o de la mano; siempre separados por un tren fantasmal conducido por la frialdad de Ariel. De todas maneras, soy yo la que siempre se va a sentir culpable.
Cada cientos de metros, íbamos encontrando vagones de los viejos trenes del pueblo volcados a un lado, como gigantescos cadáveres de hierro esparcidos a lo largo de la vía. Inútiles, inmóviles si no enlazados con otro, un par, uno igual.
Es perturbador ver restos de algo y no ese algo, alguna vez tan vigoroso e intenso. Tan perturbador como cansador. Creo que ya dejé de hablar de trenes, ¿eh? Seríamos nosotros los pesadísimos cuerpos metálicos sin vida, ahí arrojados, desencadenados del otro. Y tan inservibles, tumbados al lado del camino.
No lo vi por nueve días.
Tarareando Simon and Garfunkel, lo fui a buscar a su casa un lunes y no lo encontré. Después me enteré de que viajó a Europa, a quién sabe qué.
Puede decirse que lo extraño.
Nunca fui muy religiosa, pero desde ese día empecé a rezar todas las noches por él. Por lo que sea que estuviera buscando. Espero que lo haya encontrado.

lunes 22 de septiembre de 2008

Autoengaño

Esa mañana te levantaste aturdido, después de sólo cuatro horas de sueño interrumpido por mi culpa, por mis llamadas a la madrugada, que se habían vuelto cada vez más habituales. Te levantaste entonces, te pusiste mi camisa favorita en vos, te calzaste los zapatos y te dirigiste hacia mi casa. De seguro en el camino fuiste pensando una y otra vez en lo que ibas a decirme, calculando cada palabra y cada gesto, para evitar malentendidos. Ah, todo por mí. Tocaste mi timbre dos veces como siempre, y te recibí con los ojos hinchados por el llanto, llanto que pobre de vos habías tenido que soportar en el teléfono horas antes. No me dejaste explicarte lo que me había pasado (para que no malgastara mis palabras, de seguro) y me dijiste de un tirón: "Lo nuestro no va más. Se terminó." Dijiste que no querías volverme a ver en tu vida, me imploraste que no te buscara más porque sólo recibiría indiferencia a cambio. Y después de dejarme sin aire, te fuiste caminando por Alvear, tan lindo como siempre. Entré y cerré la puerta de la calle a mis espaldas.
Las horas de desesperación se prolongaron, así se hicieron días, y ahora semanas. Desde ese día en cuya mañana me dejaste, empecé a dormir un poco más porque ya no hay llamadas, aunque sí llanto. Y ahora por eso puedo dedicarme mejor a mi trabajo, ¿sabías? Justo cuando a vos te había dejado de gustar lo que pintaba, me permitiste el tiempo suficiente para reencontrarme como artista. Además ahora que ni nos vemos, tengo tiempo libre, para salir a caminar, estar más saludable. Y aunque en una de esas caminatas te vi con esa otra chica, de seguro fue algo que hiciste para dejar en claro que, sí, mirá, se puede seguir. Y presumo que así se me hace más fácil olvidarte. En resumen, estoy segura de que planeaste toda nuestra ruptura para que yo estuviera bien. Porque me querías, supongo. Por más ganas que tenga de irte a pedir perdón por todo el drama que te hice sufrir, ay pobre, no lo hago porque estropearía todo tu solidario y generoso plan para hacerme feliz. Viste qué buen tipo. Por eso me dejaste, de considerado que sos nomás.