Ayer esperando el colectivo de vuelta a casa me encontré con el papá de Silvina Ferreira. Les cuento, Silvina fue conmigo a la escuela desde jardín, y durante primer y segundo grado fuimos muy amigas. Bah, lo más amigas que se puede ser a los seis años, cuando no es necesario compartir mucho ni tener tanto en común. Nadie tiene gustos, opiniones a los seis años; sabor de helado favorito, a lo sumo. Sos amiga a la segunda vez que te ves. Dale, compartí el banco y un alfajor en este recreo conmigo, y listo, amigas por siempre.
La cosa es que nos peleamos en segundo grado cuando decidí hacer un trabajo de Ciencias Naturales con otra compañera. La había perdido de vista durante las primeras dos horas de la mañana, pero cuando salí al patio me la encontré llorando sentada en el cantero. Estaba roja, y tenía las pestañas completamente mojadas, por lo que se le unían y se le formaban como sólo cinco o seis pestañas enormes, a lo Naranja Mecánica. "¿No soy más tu mejor amiga?", me preguntaba una y otra vez, batiéndome esas pestañotas en la cara. Le dije que me parecía normal el juntarse con otras personas (era víctima de una relación posesiva ya a los seis años, ay de mí). Incluso le dije, para que se calmara un poco por dios, que cuando fuésemos grandes nos íbamos a ir a vivir juntas, con todo eso que creés tan extraordinario cuando sos chica y cuando crecés te das cuenta de que no, que el glamour nunca llega.
En los próximos dos o tres meses hasta las vacaciones de verano, todo siguió normal, o al menos eso creía yo. Pero llegó diciembre y el último día de clases, la saludé normalmente y por las próximas semanas no la vi. Ni la llamé. No tenía ganas, creo. Pero mi mamá se dio cuenta y me dijo, che, por qué no la llamás a la pobre Silvi.
Llamé a su casa el quinto sábado de vacaciones. Me atendió su papá. Me dijo que Silvina no estaba en casa, que se había ido a un pueblo a varias horas de Rosario a visitar a su abuela, y que no sabía cuándo volvía. Mentira, seguro que sabía. Qué clase de padre era si no. Pero bueno, no me hice esos planteos, digalé que me llame cuando vuelva entonces y chau. Pero fue él quien me llamó dos semanas después, para decirme que Silvina no iba a volver, que se iba a quedar viviendo en este pueblucho porque no le gustaba nuestra escuela y ya se había hecho nuevos amigos allá.
Me quedé muda. Le dije, ehm, gracias por avisarme, y colgué.
La muy hija de puta me había abandonado. Después de que yo le había prometido una amistad de por vida, un vivir juntas, sé madrina de mis hijos, toda esa pavada infantil que a uno le da penosa esperanza. Insulté a más no poder a Silvina y a su abuela, a todos sus nuevos amigos y los profesores que tendría en su nueva escuela.
Cuando me crucé a su papá ayer en la parada, lo saludé casi con alegría. “Cómo andás, querida, qué grande estás, ¿qué andás estudiando? ¿Bellas Artes? Sí, siempre fuiste artística”. La cháchara de siempre. Pero bueno, junté coraje y le pregunté: “¿Y Silvina? ¿Cómo anda?”
Y entonces me contó. Del primer novio, del segundo, del estudio, de sus amigas, de la vuelta del primer novio. Es feliz.
En los próximos dos o tres meses hasta las vacaciones de verano, todo siguió normal, o al menos eso creía yo. Pero llegó diciembre y el último día de clases, la saludé normalmente y por las próximas semanas no la vi. Ni la llamé. No tenía ganas, creo. Pero mi mamá se dio cuenta y me dijo, che, por qué no la llamás a la pobre Silvi.
Llamé a su casa el quinto sábado de vacaciones. Me atendió su papá. Me dijo que Silvina no estaba en casa, que se había ido a un pueblo a varias horas de Rosario a visitar a su abuela, y que no sabía cuándo volvía. Mentira, seguro que sabía. Qué clase de padre era si no. Pero bueno, no me hice esos planteos, digalé que me llame cuando vuelva entonces y chau. Pero fue él quien me llamó dos semanas después, para decirme que Silvina no iba a volver, que se iba a quedar viviendo en este pueblucho porque no le gustaba nuestra escuela y ya se había hecho nuevos amigos allá.
Me quedé muda. Le dije, ehm, gracias por avisarme, y colgué.
La muy hija de puta me había abandonado. Después de que yo le había prometido una amistad de por vida, un vivir juntas, sé madrina de mis hijos, toda esa pavada infantil que a uno le da penosa esperanza. Insulté a más no poder a Silvina y a su abuela, a todos sus nuevos amigos y los profesores que tendría en su nueva escuela.
Cuando me crucé a su papá ayer en la parada, lo saludé casi con alegría. “Cómo andás, querida, qué grande estás, ¿qué andás estudiando? ¿Bellas Artes? Sí, siempre fuiste artística”. La cháchara de siempre. Pero bueno, junté coraje y le pregunté: “¿Y Silvina? ¿Cómo anda?”
Y entonces me contó. Del primer novio, del segundo, del estudio, de sus amigas, de la vuelta del primer novio. Es feliz.
“¿Por qué no la llamaste al principio de ese verano?”, me preguntó. Le expliqué el desinterés infantil, lo cabeza dura que era. Me contó que Silvina pasó esas semanas en su casa sola. Fue ahí cuando decidió irse de esta ciudad, al pueblucho, a los amigos, a los novios. De seguro me recuerda como la pelotuda que la condenó a semanas de vacaciones de abandono y llanto. Llegó mi colectivo. Chau chau, qué bueno verlo señor, y me fui.
Llegué a casa. Busqué la guía. F, F, Ferrari, Ferreira. Silvina. Pueblo, María Juana. La llamé. Quince años después la llamaba para pedirle disculpas por no haberlo hecho ese verano. Después de intentar explicarme lo sorprendida que estaba por recibir mi llamado, algo tan impensado, me dijo:
Llegué a casa. Busqué la guía. F, F, Ferrari, Ferreira. Silvina. Pueblo, María Juana. La llamé. Quince años después la llamaba para pedirle disculpas por no haberlo hecho ese verano. Después de intentar explicarme lo sorprendida que estaba por recibir mi llamado, algo tan impensado, me dijo:
- ¿Che, no querés que nos veamos, para recordar viejos tiempos?
- Eh, te digo la verdad, no, no me interesa una reconexión, mucho menos una amistad.
- ... ¿y para qué me llamás entonces?
- Sólo para sacarme esto de encima.
Colgué el teléfono.
Otra vez abandonaba a Silvina con sus pestañas mojadas en el cantero. Son este tipo de olvido y desinterés tan comunes en mí que me causan un terror indescriptible. Uno no puede andar por la vida prometiendo esas cosas. Así se arruinan veranos.
