domingo 26 de octubre de 2008

Ardor

Ver la imagen de ella quemándose sobre la pila de basura y ramas secas no le fue suficiente. Tomó el montón de fotografías restantes, se calzó los zapatos y, mordiendo el cigarrillo, aprentando dolorosamente su mandíbula, caminó hasta su casa. Arrojó las fotos en el zaguán y allí se las dejó. Para que el tiempo las queme, se dijo. Aunque no más rápido ni placentero que el fuego, tal vez sí más efectivo a la larga. Que ni queden cenizas de Anabel, se dijo otra vez. Se dirigía de vuelta a casa cuando comenzó a sentir un calor en la nuca que le bajaba hasta los tobillos. Con cada paso, su espalda se incendiaba más y más, la piel se le machucaba. Mas esto no lo detenía, sino más bien agilizaba su ritmo. Dejaba un rastro de cenizas que Anabel nunca seguiría mientras respiraba el humo de su propio incendio.

viernes 17 de octubre de 2008

Sustitución

El lugar estaba iluminado con luces violetas y vos estabas usando una chomba mía. No me preguntés por qué. Te la habrás llevado de casa algún día. Esa a rayas blancas y azules que uso siempre, ¿viste? Te saludé tocándote la cabeza, revolviéndote el pelo. Estabas sentado en el piso, hablando sobre Lou Reed. Me preguntaste si seguía enojada con vos. Claro que no. La cosa es que yo ya la había conocido a ella un rato antes, la había saludado cordialmente, le había sonreído sin saberlo, sin saber que era ella. Vos entendés lo que te estoy diciendo, ¿no?, porque la cuestión es que era ella, no otra, no yo, no esa, sino ella. Ella ahí de negro y feliz de conocerte. Ella tan feliz de ser ella y no yo.
Te perdí de vista por lo que supongo que habrán sido horas. Intenté bailar, me encontré con Ezequiel, mi amigo tan amigo, a veces demasiado amigo, lo abracé, me caí al piso, no sé por qué pero me caí al piso, eso seguro. Junto con Ezequiel, te busqué sin ganas de verte (porque en verdad no quería verte, eso me iba a dar ganas de llorar, y verla a ella, verlos a vos y ella, ella y vos y no vos y yo y ni siquiera ella y yo, no lo iba a poder soportar, la repulsión, las náuseas, no iba a poder) por las enormes habitaciones. Te encontré en una larguísima, también violeta, sentado en el sillón del fondo. Ahí estabas con ella y otra, que no era ella, así que ni me importó. Me senté a algunos metros, intentando no verlos. No lo pude evitar. Le tocaste las piernas. Las piernas de ella. Asquerosas piernas, no tan lindas y largas como las mías, tenés que reconocerlo. Me acerqué para pegarte una cachetada (qué dramatismo, qué novelera) pero te diste cuenta y me corriste la mano. Te pegué con la izquierda, una cachetada triste que te impregnó de reproche.
Le tomé la mano a Ezequiel, miré atrás dos o tres veces, te vi sentarte sobre sus piernas, las asquerosas, con una sonrisa sarcástica que nunca te había visto y espero no volver a ver. Antes de cerrar la puerta para no verte más por esa innecesaria noche, te grité, "¡Quién quiere una vida de todas maneras, Nicolás!".
Quién quiere la vida de ella de todas maneras, Nicolás. Yo la quise, exactamente en el momento entre que tu mano tocó sus piernas y mi mano golpeó tu cara. En ese entonces la quise, sabés que sí.

martes 14 de octubre de 2008

Anonimato

Juana llegó a su casa, abrió la puerta y en el piso al lado del paraguas tirado, encontró una nota que decía "Esto es sólo para que sepas que conocerte fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida".
Acto seguido, Juana rompió en un sonido entre llanto y risa y a gritos comenzó a preguntarse cómo alguien podía ser tan cruel.

martes 7 de octubre de 2008

Rarezas

Yo te juro que los miraba con tanta envidia a estos seres (no sé si humanos, de seguro no animales, pero al margen de todo lo que había conocido hasta ese entonces). Una injusticia, ¿por qué siempre ellos y nosotros no? Todos nos merecemos un poco de perfección alguna vez en la vida, al menos ocho o nueve días de felicidad impecable (que después equivalen a tres o cuatro meses de nostalgia, pero bueno, es un precio que vale la pena pagar). Verlos tan bonitos y divertidos me daba rabia, creo que porque en el fondo siempre supe que tal belleza y dicha no eran más que una mentira. Lo que pasa es que les salía tan bien. Embobaban a los demás al pasar, al hablar, al besar. Eran como criaturas preciosas entre nosotros, las monstruosidades que no tuvieron su fortuna. O peor, que la tuvimos y qué mal nosotros que no la supimos aprovechar.
Intrigada, los observé durante meses, aprendí sus nombres, estudié sus códigos y lenguajes, indagué en sus relaciones con los otros, examiné sus gustos y placeres. Logré incluso mimetizarme, pude hacerme pasar por alguno de ellos una que otra vez sin ser descubierta. Creo que fue en la última de esas veces en la que sentí el vacío. Explicar la sensación de vacío es algo verdaderamente deforme. Es como tener un hueco en la garganta. Una sensación de culpa increíble (eso me sorprendió, la culpa no me la esperaba). Es ahogarse sin llanto, junto a un cosquilleo en todas las extremidades.
Podría escribir libros y libros sobre ellos, porque en verdad me fascinaron por un tiempo. Pero todo lo que me parece enigmático eventualmente termina por desilusionarme, siempre. Y ahí no quiero saber nada más. Aún así, estas revelaciones son completamente personales. La gran mayoría todavía glorifica estos falsos ídolos, criaturas tontas (así de simple, tontas) en el fondo. Vacías. Tengo el terrible deseo de que todos se den cuenta de ese vacío, de por qué no deberían exaltar a estas verdaderas basuras. Muy fácilmente podría sentirme derrotada. Yo sigo en el grupo de los no tan bonitos ni tan felices. Es tremendo el odio que les tengo ahora. De todas maneras, no importa. Estoy segura de que ellos nunca van a poder amar a alguien. Yo gano.