lunes 17 de noviembre de 2008

Egoísmo

Una pena en verdad, sí. Pero tuve que matarlo. No soportaba el hecho de que tuviera un pasado sin mí.

martes 4 de noviembre de 2008

Detonación

Daniel doblaba la esquina de Riobamba con su auto azul petróleo, uno de esos colores rebuscados que inventan las compañías de autos en sus anuncios para hechizar a los compradores, azul petróleo, ¿siquiera existe el petróleo azul? En fin, doblaba la esquina, agarró la calle de su vieja escuela y siguió manejando. Mas no hizo unos metros más que divisó a Ricardo, su viejo amigo Ricardo, íntimo amigo aunque no se vieran tan seguido últimamente, porque bueno, para comprar un auto de semejante colorazo hay que trabajar duro, lo que no deja tiempo libre para verse con todo el mundo.
La cosa es que habrían sido como tres meses que no lo veía. Una que otra charla por teléfono, saludos enviados por medio de amigos comunes, pero ya hacía bastante que no se reunían semanalmente como tanto lo habían hecho durante el año anterior.
Lo vio a Ricardito entonces, Ricardito igual que siempre, el fan de Pulp Fiction y Stravinski, sólo algunos de los tantos fanatismos en común que les dieron horas de charla. Tocó la bocina dos veces y ¡Ey, Ricardo!, y Ricardo ahí, sorprendido y sonriente, saludando. Una cálida sensación casi le entumeció todo el cuerpo, calidez que sólo otra persona puede dar.
En las siguiente cuadras, con Ricardo cada vez más lejos, la cabeza de Daniel comenzó a atiborrarse de anécdotas y reminiscencias. Mientras manejaba, iba recordando las tardes de mate y póquer en la quinta funense de su amigo, en donde también se quedaban hasta las seis de la mañana fumando, hablando de sus actrices favoritas y de las obras de teatro que más lágrimas les habían arrancado.
Todo esto en la cabeza de Daniel no daba más, estaba que explotaba, pero, en un mejor escape, la maraña de recuerdos confluyó en una sonrisota en su cara, de esas que acalambran las mejillas. De esta manera, dolorosamente contento, estuvo por varios metros más. Aún así, continuaban emergiendo de su mente imágenes con su amigo, se apilaban, se caían, se desordenaban y mezclaban. Tanto se fusionaron que en un momento Daniel llegó a verse hablando de la royale with cheese en un auto con Ricardo, cual Vincent y Jules. Comenzó a sacudir su cabeza, pero era más fuerte que él, inevitablemente se liberaban cada vez más y más recuerdos.
Y de repente, ¡pum!, la tensa sonrisota que Daniel había estado manteniendo hacía ya varios minutos estalló en una carcajada de felicidad tremenda, carcajada que hizo estrepitosamente reventar una mezcolanza algo inmunda de su boca, ensuciando todo el interior del auto. El vidrio del parabrisas se salpicó de yerba húmeda, de cocaína miawallaceana, de tarantelas y sonatas neoclásicas, de naipes, de cenizas de cigarrillo, de pasto y mosquitos de veranos funenses, de pequeñas Rita Hayworths y Greta Garbos, de tranvías llamados deseo. Un fascinante cóctel, aunque nauseabundo, sí.
Rápida y desesperadamente, Daniel comenzó a limpiar el vidrio con su antebrazo. Logró quitar la mayoría del mejunje a tiempo para mirar la calle antes de llegar a pasar el próximo semáforo en rojo, que casi lo hizo chocar, menos mal.